Muchos cometen el error de pensar que una dieta efectiva consiste simplemente en suprimir ciertos alimentos, reducir las porciones e, incluso, comer menos veces al día. Algunos llegan a eliminar completamente las fibras de la dieta diaria, sin saber los perjuicios que esto conlleva. 
Las fibras son moléculas compuestas por células de origen vegetal, que no se ven afectadas por las secreciones del intestino delgado y, por lo tanto, no son digeridas. Al pasar sin modificaciones al intestino grueso, van barriendo todos aquellos restos de comida sedimentados en las paredes intestinales, acelerando el tránsito hacia la despedida de los desechos no deseados.
Está comprobado que en los países en donde las dietas son ricas en fibras existen menos casos de várices, apendicitis, cáncer de colon, cálculos biliares, constipación y hemorroides. Esto se debe a que las fibras aumentan el volumen de las heces, combatiendo el estreñimiento e incluso disminuyen la sensación de hambre. También ayudan a disminuir la glucosa de la sangre, el colesterol y ciertas sustancias cancerígenas.
Por supuesto, el consumo excesivo de fibras tampoco es recomendable, ya que puede generar flatulencias y cólicos, a la vez que reduce la absorción de calcio, zinc y hierro. Por eso se recomienda consumir entre 25 y 40 gramos, lo que equivale a 2 frutas, 150 gramos de vegetales, 50 o 60 gramos de pan integral y 50 gramos de legumbres diarias. Siempre es importante acompañarlas con abundante agua.
Paulina
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